Elizabeth Avellán (Caracas, 1960) no es solo una de las productoras más audaces y visionarias de la industria cinematográfica global, sino una auténtica titán de la creación, capaz de transformar la imaginación más desatada en realidades colosales. Provista de una energía desbordante y una intuición mágica para descubrir talentos y levantar imperios visuales, Avellán ha sido la arquitecta indispensable detrás de algunas de las mitologías y sagas más icónicas de las últimas décadas.

Las carreras profesionales de Elizabeth Avellán y la del director, guionista y también productor Robert Rodríguez, avanzaron en paralelo. Ambos estuvieron casados entre 1990 y 2008. Formaron una de las uniones creativas más poderosas e influyentes de Hollywood. Tienen cinco hijos en común.

Cuando el cineasta Robert Rodríguez rodó su mítica ópera prima de bajísimo presupuesto, El Mariachi (México, 1992), Elizabeth Avellán llevó a cabo varios empleos para financiar la cinta. Al mismo tiempo se encargaba de múltiples, pero imprescindibles, labores administrativas, con el objetivo de que el “milagro fílmico” se produjese. La figura de Elizabeth Avellán encarna el respeto absoluto por la autoría y la libertad creativa, convirtiéndose en el motor humano que ha revolucionado tanto el cine independiente de culto como el blockbuster familiar de vanguardia.

Troublemaker Studios

Para Elizabeth, producir no es un mero ejercicio financiero; es un arte apasionado, un acto de fe y un lienzo donde prender la chispa de la fascinación colectiva. Su idilio con la producción cinematográfica y la creación de nuevos universos comenzó a fraguarse en Texas, EE. UU., donde cofundó con Rodríguez la mítica factoría Troublemaker Studios. La referida productora fue oficialmente fundada en 2000. Sin embargo, sus orígenes se remontan a 1991. En este año Avellán y Rodríguez crearon Los Hooligans Productions para financiar el referido primer largometraje El Mariachi. Desde allí, Avellán demostró un desapego absoluto por las fórmulas encorsetadas de Hollywood, prefiriendo inventar nuevas formas de hacer cine basadas en la optimización del ingenio y los efectos visuales revolucionarios y accesibles económicamente.

Su deslumbrante irrupción en el panorama internacional llegó con obras que se convirtieron instantáneamente en hitos de culto, como Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Dawn, EE. UU., 1996). Al dar vida a este salvaje y dionisíaco thriller, que mutaba en una pesadilla vampírica, Avellán logró fascinar a millones de espectadores, demostrando una audacia inigualable para abrazar el género fantástico y el horror más gamberro y estilizado. Esa misma genialidad y versatilidad arrolladora la llevaron a conquistar el cine familiar a nivel mundial a través de una de las sagas más queridas de la cultura pop del siglo XXI. Con Spy Kids (EE. UU., 2001) y sus posteriores entregas, Elizabeth expandió los horizontes del entretenimiento digital, creando una explosión de color, acción absurda, artilugios imposibles y mitologías modernas que rozaban el cómic. La cinta dinamitó las taquillas de todo el planeta y redefinió los estándares del cine de acción para jóvenes.

Sin embargo, su compromiso inquebrantable con las visiones más oscuras, barrocas y puramente adultas de la fantasía regresó con fuerza monumental en Sin City: Ciudad del pecado (Frank Miller’s Sin City), EE. UU.  2005). En esta joya visual, Avellán obró el milagro de hacer posible, gracias a su enorme capacidad de gestión, la hazaña de trasladar las viñetas de Frank Miller a la pantalla. Todo ello con una factura técnica e hiperrealista sin precedentes, un prodigio estético, que triunfó en el Festival de Cannes, y se grabó a fuego en la historia del cine de género.

Paralelamente a estos titánicos blockbusters, su mirada artística y su incombustible amor por el riesgo la han mantenido conectada a proyectos de un atrevimiento formal extraordinario, firmando parte de la producción de joyas de acción de culto como Predators (EE. UU. 2010), de Nimrod Antal, o la hipnótica Machete (EE. UU., 2010), dirigida por Ethan Maniquis y Robert Rodríguez, un torbellino carnavalesca donde el humor negro y el espíritu contracultural servían para deleite de los amantes del cine más libre y visceral.

El tramo más reciente de su impecable trayectoria confirma a una creadora en plenitud, volcada por completo en dar voz a nuevas historias a través de su productora E2 Media, impulsando el cine independiente, la diversidad y los proyectos dotados de alma auténtica, de acuerdo con sus propios criterios. Con una carrera polifacética que nunca cesa de mutar y desafiar los límites de la industria, Elizabeth Avellán continúa expandiendo los horizontes de la pura magia sensorial, consolidándose como una fuerza indomable y una tejedora de sueños cuya integridad y pasión nos recuerdan que el cine, en sus manos, es un hechizo insobornable.

* Por Manuel García de Mesa